Hoy me recuerdas al ruido sinsentido, a este pitido inerme
que simula musicalidad y sólo me provoca fruncimiento.
Hago fatal en esperarte, si desde antes del principio ya sabía que no ibas a venir a buscarme.
Por miedo a... tu desinterés.
Temo que un día la vida sintética te aburra lo suficiente, y marches. Luego caigo en que nadie es más indiferente que tú mismo.
Nadie es más más que tú.
Sobran piedras o soy yo que no hago más que buscar motivos para tropezar.
Estimo que mi nivel de gilipollez mental en cuanto a la profundidad del áureo de tus ojos alcanza niveles críticos.
Y eso que he tardado casi un año en descubrir esas manchitas cítricas que lo determinan
sobre tu bóveda celeste, tan infinita que a veces
voy nadando por ella y me pierdo, y otras te encuentro allí metido, solo,
esperando que alguien se apiade de tu tortura y te comprenda.
Te escucharé durante horas, por favor, a cambio sólo quiero darte todo
lo que me pidas. Silencio.